miércoles, 8 de septiembre de 2010

"La ciudad que amo no respira" Cristián Warnken



imagen: "Cortando árboles, estás acortando tu vida"

Lo que leerán a continuación es una columna escrita por Cristián Warnken (conductor de "Una belleza nueva", profesor de castellano y poeta aficionado) para el diario el Mercurio el 13 de mayo de este año:

"La ciudad que amo no respira" ( Columna, C. W)

“Un hilo de sol nos mantiene vivos” —le oí decir a Rolando Toro, creador de la biodanza, un hombre que a los 80 años danzaba y había curado a sus pacientes psiquiátricos con bailes y abrazos.

Un hilo de sol, pero, en Santiago, también un hilo de aire: la ciudad capital, que se vanagloria de todos sus índices, carece hoy de lo más esencial: buen aire para respirar. ¿Qué pasaría si el agua que nos llega potable a nuestras casas, estuviera contaminada? Si las autoridades públicas han fracasado en hacer vivibles los otoños e inviernos, ¿habrá que privatizar el aire para poder respirar?

Miro el sol que se filtra oblicuo entre las hojas rojas, amarillas y verdes de este otoño de emergencias ambientales, y pendo de un hilo, entre clorofilas y monóxido de carbono. ¡Todavía podemos ver el horizonte a ciertas horas! ¿Hasta cuándo? ¿Llegaremos a ser como aquellos habitantes ciegos del país de los Cimerios que visitó Odiseo y que nunca veían el cielo?

Qué paradoja: nunca esta ciudad es tan hermosa y venenosa al mismo tiempo como en otoño. Las hojas caídas dignifican nuestros pasos aquí y nos hechizan con sus tonos y combinaciones infinitas. Pero estamos muriendo en vida. “Lo bello es nada más que el comienzo de lo terrible”. ¡Cómo cobra en Santiago, en otoño, un sentido inesperado ese verso de Rilke!

Barremos y hacemos desaparecer esas hojas que son oro puro (humus) en bolsas de plástico negro, maniáticos de un orden y limpieza enfermizos, ¡oh, paradoja!, en una de las ciudades con el aire más sucio del mundo. Y para colmo de los males, diligentes y fúnebres funcionarios municipales practican el aciago deporte de arrancar árboles de cuajo. Mi madre me cuenta que el roble añoso que filtraba el hilo de sol y que abrazaba la ventana de su departamento fue derribado en plena comuna de Providencia. Mi madre está de muerte. Pertenece a una generación que ama y conoce los nombres propios de los árboles. La ciudad con menos aire es también aquella con menos árboles. Respiramos muerte y matamos lo que nos da vida.

Mientras oigo el penetrante sonido de las sierras botando árboles “añosos”, pienso en los centenares de miles de niños santiaguinos obstruidos, que crecen pegados al inhalador. Niños que inhalan, pero que no respiran. En las mañanas, los niños de la comuna de Pudahuel están cubiertos por una infame nube negra, que en la tarde sube y contamina como peste fantasmal las noches de los niños de Vitacura.

¿Qué han hecho las autoridades en estas décadas? Hemos estado y seguimos estando en manos de unas especies de “Onemis del aire”. Santiago se ha convertido en una incubadora de virus que celebran un aquelarre en nuestras propias narices. Jorge Teillier, que era un exiliado del sur viviendo en Santiago, decía que sus propios poemas eran nada más que “palabras, palabras, /un poco de aire movido por los labios/ para ocultar lo único verdadero:/ que respiramos y dejamos de respirar”.

Hemos olvidado hace tiempo que lo esencial es respirar bien. El que respira mal, no puede pensar bien, sentirse bien, hacer el bien. Entiendo que está próximo a llegar a su fin un ambicioso plan para descontaminar las aguas de la Región Metropolitana. La próxima tarea épica urgente que debiéramos plantearnos es llegar a ser una ciudad respirable. Que huela a nieve de cordillera.

Para eso, partamos por exigirles a nuestros alcaldes menos edificios y más árboles. Que los tercos ediles terminen rindiéndose ante esa consigna con raíces. Que sus cabezas se llenen de árboles y pájaros y niños revoloteando y buscando aire. Que las voces de la ciudad clamen y respiren rítmicamente: “¡Aire, aire, queremos aire!”. Para respirar, para vivir. Que todos los niños santiaguinos de hoy lleguen a los 80 años con los pulmones limpios, ebrios de aire, para cantar y danzarle al sol. Como Rolando Toro.

9 comentarios:

இலை Bohemia இலை dijo...

Desde luego es un articulo que debería remover las conciencias...pero reconozco que todavía estoy impactada por la foto de las piernas...wowwwwwww!!!

Esther dijo...

No sé por qué pero, me suena haber leído este artículo antes o haber visto por lo menos la foto en algún lugar ¿Lo habré soñado? Quizás me creas loca, cosa que comprendería perfectamente, pero, a veces he soñado cosas que se han hecho realidad, ocasionalmente, por temporadas, pero, a veces. Una vez, me pasó que soñé con el post de un bloguer antes de que lo pusiera, claro que cuando desperté no recordaba el contenido, sólo el aspecto del post, con la imagen, etc. Fue raro y a la vez, moló. Bueno, eso puede pasarle a algunas personas... Hace tiempo que creía que no me pasaba pero, tiene una explicación científica, a parte de su esotérica. De todas formas, tampoco recuerdo haberlo soñado: a menudo sueño cosas y luego ni me acuerdo de lo que soñé.
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Sobre el artículo, muy bueno, contundente pero, al que seguro que se hará oídos sordos; cuando priman otros intereses... pero, está bien que quede constancia de él, que cualquiera pueda despertar en ese sentido con ese artículo, que quede impreso en la historia.

Te cuento que en mi ciudad el agua es malísima. Sabe como a lejía xD Aún así hay gente que la bebe, no sé cómo podrán... En mi casa no la bebemos. Pero, no les culpo en ese caso, ya que lo hacen para protegernos. Hace muchos años, hubieron epidemias de tifus, etc. y por aquel entonces, que no habían los medios de ahora, mucha gente se murió.

Lo que van haciendo ahora, es sustituir el césped normal por artificial. Lo hacen porque esta zona es de secano y la hierba se seca, la gente la pisa... y así se ahorran agua. Pero, no deja de ser feo y de hacer que me pregunte si algún día, los futuros niños de aquí, medio olvidarán el césped auténtico. No me gusta, eso sí que nada, nada, nada, que ahora les esté dando también por poner cemento hasta en la misma base del tronco de los árboles y cosas similares ¡Los van a ahogar! ¡Pobrecitos! Y yo me pregunto cómo los pobres podrán coger agua... supongo que pueden pero, no como antes, que los están dejando todos encajonados en cemento y en vida, a los pobres ¡qué manía!

En Lo Pagán también arrancaron un día los árboles de un paseo pero, aquí no fueron los funcionarios, sino gamberros de a pie y vino un empleado con una cinta aislante y no sé si algo más, para ver si podía unir las partes del tronco aniquiladas para ver que no se secara la savia, a ver si los podía salvar.

Bueno... y una sierra preciosa que conocí, la llenaron toda de casuchas... y para qué contar más.

¡Si es que somos destructivos!

Algunos piensan en sus intereses y para conseguirlos, les dan igual las consecuencias.Así somos...

Un saludito.

Poetiza dijo...

Un buen post como para que se haga conciencia. Lastima que en estos tiempos no sera asi. Me entristece lo de cortar un arbol. En estas fechas que se acerca Navidad, siempre me niego a comprar un pino natural, una vez me regalaron uno, pero me senti mal porque me parecio ver que lloraba mientras le colgaba los adornos, y esa fue la unica y ultima vez. Un gusto leerte. Besos, cuidate.

RECOMENZAR dijo...

Extraordinario escrito besos con sabor a mente

.A dijo...

respiro yo por ella..

Poetiza dijo...

Paso a dejar saludos y un beso, cuidate mucho., Fue un placer encontrarte en mi blog.

RECOMENZAR dijo...

Tu texto no se si es bueno o malo No lo juzgo simplemente te leo

**kadannek** dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
**kadannek** dijo...

Gracias a todos, pero tengo una duda para Recomenzar: A veces no sé si verdaderamente lee todo lo que publico y si lo atiende como es debido. Su primer comentario dice que es un "escrito extraordinario" y su segundo comentario señala que "no sabe si es bueno o no". No creo que se haya molestado por haberle dicho que "le he visto escritos a usted, mejor estructurados". No comprendo sinceramente. Cade destacar que cité a su autor: Cristián Warnken.

Saludos.